Tuvo que poner a prueba su capacidad de gobernante para lograr defender la codiciada plaza de Jaca. Su mayor logro fue que los jacetanos le secundaran en la batalla ante el moro invasor.
Jaca conmemora la gesta de sus antepasados
desde hace varios siglos. En el siglo X se levantó la
Ermita de la Victoria en
el lugar donde supuestamente se libró la batalla. (Hoy,
paradójicamente, es el cementerio de la ciudad).
Desde entonces, los jacetanos bajan cada
mañana del primer viernes
de Mayo a este paraje y sustituyen las lanzas, las espadas y los escudos con
los que lucharon sus antepasados por un buen almuerzo compuesto de migas, chorizo,
costillas y, por supuesto, todo regado con vino de la tierra.
Después,
siguiendo
fielmente los pasos de las hueste del Conde Aznar,
todos regresan a Jaca para vivir el momento más intenso.
Cerca de
dos mil jacetanos participan en
el
desfile de la victoria. Las escuadras de
Labradores y
los
Artesanos aglutinan
al mayor número de
escuadristas. Son, también,
el mejor reflejo del grado de implicación que tuvo la población
civil en el ejercito del Conde Aznar. A lo
largo de los siglos, la fiesta se ha mantenido con desigual interés
en la población.
En 1898 cuentan las crónicas que
los jacetanos mostraron "una alegría ficticia que
oculta la amargura del espíritu" como consecuencia
del reciente desastre de Cuba. Seis años antes se cambió por
primera vez y única en la historia el recorrido y se evitó la
calle Mayor. La principal arteria de la ciudad estaba abierta
con zanjas para el nuevo alcantarillado y se accedió a
la Catedral desde la antigua Puerta de Santa Orosia, frente a
la Ciudadela.